Interior de tienda de libros de segunda mano en Ciudad de México. Fotografía de Tomas Martinez (Unsplash)

Cómo comprar libros

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Tal vez a tí también te pasa, que muchas veces, al comprar un libro, encuentras irresistible la conveniencia de Amazon. Solo abres la aplicación o el sitio web, tecleas el título o el autor y por la magia de los algoritmos y la urgencia de la computación, el libro que buscabas aparece primero. La portada en vertical, tan pequeña como tu pulgar que apenas y deja ver el arte de la carátula, el título en negritas, las estrellas calificadoras denotan la validez de quienes lo han comprado, un texto que le reseña por aquí, unos comentarios justo abajo de más libros recomendados, toda la información relevante: el formato, el precio, cuándo llegará a tu casa, explicado claramente.

Con un touch, o con un click, y ya está, tu ahora libro está en camino, o mejor aún, listo para leer en Kindle.

No sé cómo llegas a los libros. Yo llego a ellos desde otras lecturas, puede ser que un blogger a quien sigo referencia a alguna obra en sus artículos o un periodista menciona en un tuit algún libro que le ha atrapado, o una escritora habla sobre la importancia de otra obra en su libro. Es en los libros que más me interesan donde encuentro las mejores referencias, porque sus creadores se toman en serio su trabajo y buscan información confiable o fundamental para darle forma a sus conceptos e ideas.

Elijo Kindle cuando el libro me parece no muy interesante, o cuando es un libro de referencia al que no guardo un total aprecio, lo elijo por la conveniencia también, porque a veces el completar una lectura en el iPad y luego en la computadora es necesario.

Pero tener un libro material entre tus manos sigue siendo incomparable. Sigue siendo un placer el sentir el peso de las palabras del autor convertidas en gramos de papel, a veces amarillento, a veces con letras pequeñísimas. Otras veces el libro se ha usado tanto que es imposible que sus hojas sigan unidas, inclusive hay que sacar al cirujano encuadernador para rescatarlo de la obsolescencia.

Posiblemente prefieres visitar la tienda de libros a comprar en línea.

Puede que te gusten estas tiendas de libros de segunda mano, con sus estantes altísimos que parece sostienen las paredes y que en su centro siempre están unas mesas largas con pilas de libros en un orden tan irregular que parecen cordilleras montañosas. El olor de estos negocios es particular, a veces el aire se percibe ácido, porque las hojas y el papel tienen demasiados cargos de consciencia y nadie les ha tomado en años. Estas librerías son las aguas nórdicas de los negocios de libros, uno tiene que ser valiente, muy valiente para embarcarse en una auténtica misión de descubrimiento, un Kraken podría encontrarlo y ahí se da la catarsis que le cambia la vida, con un libro al que alguien le perdió el interés y decidió regalarlo o venderlo por un precio bajo, pero para otro es la piedra angular de su transfiguración existencial.

O tal vez, vas a la tienda de libros más fancy, la de los anuncios grandes con sus mensajes simples y sarcásticos. La que vende separadores de hojas con frases simpáticas y que pone el copyright de su marca hasta en las paredes. Probablemente disfrutas de estas pequeñas misiones exploratorias en las costas calmas de las tiendas de libros más comerciales, que invierten sus horas en crear una atmósfera de energía que te invite a curiosear entre los títulos y las secciones, que han puesto mucho empeño en poner frente a tí la mayor abundancia literaria posible y en entrenar a sus vendedores para que con un simple «¿estás buscando algo en específico?» se te caiga la introversión y les pidas guía. Seguramente aprovechas la salida del fin de semana para hacer fila con tu cubrebocas esperando a que lentamente uno por uno salgan los clientes con su bolsa cargada de libros dando el espacio que necesitas para entrar a navegar entre las islas de libros envueltos en papel plástico.

No sé si es mejor comprar en línea y aprovechar las bondades de los superagregadores como Amazon, o si es mejor favorecer la economía de las tiendas de libros. Yo entro un poco en un dilema moral cuando quiero comprar un libro, porque recibirlo en unos días en la puerta de mi casa en esa caja sonriente es una comodidad que siempre me hace sentir como si viviera en el futuro que hace décadas se pronosticaba, pero comprar en la tienda local y pasear por los textos apilados que se sienten como las calles y edificios de una ciudad vanguardista, con sus vendedores que esperan firmes como mayordomos atentos con miradas a veces ansiosas y otras veces inquisitivas a tus gestos de consulta, es una experiencia que uno disfruta, que uno comparte, que uno quiere transmitir a los pequeños de la siguiente generación y es una forma clara de contribuir a la economía de la gente de tu localidad, además, no es como que a Jeff Bezos le haga falta dinero…

No sé si en verdad sea cierto que Amazon vino a joder a las editoriales o que hay una causalidad entre la disminución de librerías en Nueva York y el aumento de las ventas digitales, pero a mi parecer, la tienda local de libros ha entrado en una nueva era dorada, incluso su negocio supera hasta las inclemencias de la pandemia, porque compras un libro en físico para una experiencia concreta que te abstrae de la realidad de las notificaciones y los chats interminables, y porque tú y yo sabemos que vale la pena comprar ese libro, aunque le duela a la quincena, porque un libro es un símbolo del intelecto y del progreso personal. El libro, en cualquier formato: físico o digital (aunque creo que leer en PDF es una aberración de la naturaleza y una afrenta a tu capacidad visual) y la lectura, son gustos que difícilmente pueden disolverse solo porque una tecnología tan innovadora como el Internet permite su distribución de formas casi infinitas, por ende, siempre estaremos dispuestos a comprar libros y siempre habrá personas dispuestas a venderlos.

No sé tampoco si las filas de clientes que veo en las librerías en verdad estén comprando los títulos con los contenidos más desafiantes o si solo compran para satisfacerse con lecturas que son tan nutritivas como una bolsa de Doritos. Pero sé bien, que en ambos casos, ambas experiencias: el comprar en línea o favorecer a una tienda local de libros, deben ser vividas, deben ser aprovechadas, deben ser diferenciadas y deben ser utilizadas con inteligencia. Por eso, la próxima vez que vaya a una tienda del libros debería platicar con los vendedores, pedirles consejos sobre lecturas, entender cómo va su negocio, enterarme de las novedades que están en puerta y hablarles sobre textos que me gustaría que vendieran. Y en la experiencia digital, si el libro es de esos que valen la pena releer una y otra vez, después de terminar de leerle en Kindle, debería ir a la tienda local y pedirles de favor que me vendan el título que ya he leído en digital.