Fotografía estilo vintage de libreta

Las verdades detrás de escribir y bloguear

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Escribir es una de mis actividades principales.

Es algo que hago desde hace años.

E increíblemente, sigo siendo muy malo para hacer buenos textos.

Es decir, cosas que valga la pena leer y releer.

Ideas que inspiren.

Un amigo dice que si escribes los suficientes textos, eventualmente habrá alguno que será bueno, que no pueden ser todos malos. Creo que cita a algún autor famoso cuando me lo dice, pero no lo recuerdo. Tal vez por eso fallo tanto al escribir, porque tengo memoria de pez.

Bloguear es un encanto (aunque me gustaría decir bloggear, como una palabra hija entre un padre mexicano y una madre estadounidense, de raza spanglish).

Bloguear es un encanto porque es una idea muy romántica, te inspira a creer que tienes el poder de expresar lo que sale de tu mente y tu corazón de manera sencilla, sin el esfuerzo titánico que requiere publicar un libro o escribir un artículo para el New York Times: un simple click y ya está, como pan recién horneado listo para ser devorado por los adictos al gluten literario.

Bloguear nos ha permitido, a todos los que estamos enamorados de la escritura, ser más nosotros mismos.

¿No es acaso esa una de las bellezas del Internet, el software y la World Wide Web? ¿No es acaso una de los objetivos reales de la tecnología el elevar el espíritu? ¿Ayudarle a uno a ser más uno mismo? ¿Alcanzar un nuevo estado de consciencia en el que tu mente, tus manos y tus ideas estén en una sincronización atemporal literaria? ¿No es acaso esa una de las funciones de las herramientas digitales? ¿Permitirnos ser humanos más realizados y por ende más felices?

Bloguear es también todo un reto.

Lo he intentado infinidad de veces y he fracasado el mismo número tratando de sostener un blog.

Y es que iniciar un blog es muy fácil y uno cae en la publicidad de las plataformas de blogging como mosca en miel o abejorro en cerveza.

Las herramientas que existen hoy para bloguear prometen un estilo de vida al que solo en tus sueños puedes aspirar: el del escritor autónomo, independiente, influyente y adinerado. Te embellecen los ojos con funcionalidades elegantes, promesas de rentabilización de tus obras, alcance de nuevas audiencias, bases de fans, seguidores por correo, desarrollo profesional, personal, excelencia, etcétera.

Pero ninguna te resuelve la infinidad de la hoja digital en blanco.

Ninguna herramienta por muy sencilla que sea de utilizar, que te permita escribir y con un click publicar, va a lograr reponerte de una mala noche llena de pesadillas. Ninguna te va a recuperar el ánimo cuando te han partido el corazón y despiertas sin fuerzas para levantar tu pesado cuerpo y entregarte a tus pensamientos y al martillar del tecleo.

La idea de sentarte por la mañana, tomar un café y escribir hasta tener una obra maestra es un sueño que solo lo logran creo yo los auténticos escritores que tienen una formidable disciplina para hablar con maestría del tema que han elegido.

Pero yo, yo me despierto, preparo mi café, me siento frente a la computadora sin haberme bañado y después de un primer draft que no sé francamente de qué habla, me doy cuenta de que no vale la pena seguir el tema.

Después hago uno, dos, tres, cuatro borradores, solo para ir a desayunar y saber que la premisa está mal definida, que se siente forzada la intención, que no voy a ningún lado con mis ideas, que la estructura se parece a la obra de un mal albañil que hace una casa.

Sé que no va bien el blogueo cuando el domingo que aparté para escribir cual poseído que deja caer su cabeza hacia atrás con los ojos en blanco mientras sus manos hacen el trabajo como ‘Dedos’ de Los Locos Addams, tengo que abrir el blog de alguien más para inspirarme, o buscar en Instapaper o Pocket alguna lectura que guardé para el futuro y que sabía me serviría como referencia de estilo y lenguaje, cuando llega la hora de la comida y el tercer borrador no me emociona, cuando abro Youtube para permitir que un poco de la voz de Anthony Bourdain resuene en mi flojo genio creativo y una chispa me inspire a escribir algo transformador. Los síntomas de que el día va terrible se hacen evidentes cuando me pongo a ver series en Netflix y entre capítulos la pregunta: «¿Si voy a escribir hoy o me voy a ir a dormir?«, me asalta.

Bloguear, publicar tus ideas con frecuencia y constancia es una tarea monumental.

A veces tienes las ideas tan enredadas que necesitarías un software para la mente que descifre la criptografía que las protege.

Bloguear es difícil y encima de todo tus palabras quedan expuestas ante un mar de desconocidos que simplemente las pueden tachar y hablar de ellas con autoridad o peor aún: leerlas y perderles el gusto de inmediato.

Cada que nace una nueva herramienta para publicar tus ideas, sea un blog, sea un newsletter o un híbrido frankenstiano entre los dos, el hype, la emoción del juguete nuevo provoca oleadas de nuevas publicaciones al estilo: «Bienvenido a mi nuevo blog«, «Porqué decidí empezar un newsletter» «Mi primer post en Substack» y un largo etcétera de títulos a la Hello World! que emocionan a los autores que siempre habían esperado la herramienta que les permitiera publicar fácilmente, como si ese fuera el problema, como si el problema es que no tuvieran una hoja y papel, o Microsof Word o Google Docs para escribir sus ideas, estructurarlas, editarlas, repensarlas, hacer un nuevo borrador, desecharlo, volver a escribir, crear otro documento y un tren de pasos para lograr llegar algo que valga la pena leer…

Lo difícil es tener la disciplina para escribir con consistencia y valor para publicar con competencia. La herramienta es circunstancial.

Bloguear para mí es una idea muy bonita, y a la vez es una especie de reflejo de una personalidad masoquista que se presiona a elaborar un texto para ser publicado cada Lunes y luego para ser compartido con los amigos cercanos, exponiendo en este una parte de mí que normalmente no les platicaría.

Bloguear es un privilegio. Es un placer que solo pueden disfrutar los que pueden acceder a las herramientas correctas: una computadora y un buen internet. Esto me recuerda que cada día hay millones de nuevos contenidos y que mis palabras deben ser valiosas, deben ser algo que trascienda los años, que trascienda a las plataformas de publicación que van y vienen con sus diseños minimalistas y sus funciones sobradas.

Por eso me gusta el trabajo de Tim Ferriss, porque reconoce la dificultad de bloguear y aún así, ha publicado textos que son dignos de leer y releer y de pensar y de compartir. O Tim Urban de Wait But Why, que ha invertido horas en estudiar la procrastinación de la manera más práctica posible que es procrastinando para aprender qué es procrastinar y escribir sobre ello. Por eso disfruto mucho los newsletters/blogs de Craig Mod porque escribe con sinceridad y cuando no sabe qué publicar lo habla abiertamente. Por eso disfruto y respeto el trabajo de Maria Popova, que cada semana publica largos textos sobre otros autores del pasado y del presente y elabora historias que involucran referencias y frases dignas de guardar cerca del corazón en notas que se arrugarán como fruta seca.

Me gustan porque todos ellos escriben para la eternidad.

El blog me parece una belleza de invención de la World Wide Web porque es abierto, libre, gratuito y si lo sabes administrar e invertir en él con inteligencia puede perdurar por décadas.

El blog, como fuente de conocimiento, te permite tomar un poco de la sabiduría de alguien que ha invertido su mente en colocar historias sobre sus experiencias o datos crudos sobre un tema o reflexiones salidas de sus investigaciones profesionales. No comprendo que quieren lograr aquellos que se aventuran a bloguear por primera vez poniendo una paywall a sus textos; ¿cómo vas a saber que vale la pena pagar si no tienes pruebas de que pueden sostener por mucho tiempo la calidad y consistencia?. Pero lo entiendo, porque la idea de vivir de escribir es tan atractiva como el amor de adolescente, como esa relación que fue perfecta, y a la vez, como tú y yo sabemos, la idea de vivir de lo que uno publica, al igual que el primer amor, está lleno ingenuidades.

En parte por eso escribo con esta disciplina semanal, porque me quita la ingenuidad, apacigua mi embelesamiento literario, me hace ser más yo mismo. Y en parte también por eso blogueo, porque me recuerda la vulnerabilidad de mis ideas, me regresa al presente y me hace darme cuenta de que muchas veces no tengo la razón y debo darle argumentos a mis propuestas.

Blogueo porque creo que en un futuro lejano con suerte alguien llegará a mis palabras y encontrará, tal vez, un poco de sabiduría o la chispa para su inspiración.

Blogueo porque es un reto.

Escribo porque soy más yo mismo.


Por hoy esto es todo.

Ha sido un domingo difícil. Mañana debo publicar.

Agradezco tener la oportunidad de estas tecnologías de la información que me permiten alcanzar o coquetear de vez en cuándo con este sueño de publicar algo que valga mucho la pena de leer y que trascienda.


Y por cierto, escribí este texto en una sola toma, escuchando ‘Put Your Money On Me‘ de Arcade Fire en loop, a veces son necesarios estos hacks para echar a andar la concentración de mi cerebro escritor… Ah, tengo los dedos entumidos de escribir tan rápido, espero editar por la mañana y darle click a ‘Publicar’.