¿Un mecánico es más confiable si escucha Jazz?

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PUEBLA, México. Por la mañana acompañé a mi papá a ver al mecánico de cabecera de su coche. La falla era menor. Pero la visita era posiblemente la tercera en 30 días. ‘Incontinencia’ es la palabra correcta para el malestar del vehículo. Como si fuera un hombre viejo que ha trabajado duro y ha recorrido un largo camino (literalmente) está ya en ese punto de su vida útil en que las tuberías le fallan de repente. Un tope cruzado a gran velocidad y empieza un goteo de anticongelante que solo puede arreglarse de dos formas: apretando bien las mangueras o haciendo un cambio total al sistema.

No hace mucho el mismo coche pasó por una temporada de visitas médicas y unos días de terapia intensiva. Sabes que algo no anda bien cuando el especialista en motores se queda con cara de «¿qué diablos pasa?». Un día estaba bien, al otro día mal, al otro día peor, el mecánico lo arreglaba, luego un par de días después se descomponía, y así por meses, es  una historia común en los automóviles de casi 10 años o más de doscientos mil kilómetros recorridos. Las cosas fallan sistemáticamente y los problemas se tienen que resolver de fondo. Pero muchas veces, saber exactamente qué falla es difícil. Los automóviles son máquinas complejas que nacen cada año con variaciones que no siempre son informadas a toda la cadena de beneficiarios y personas que los trabajan.

Un buen mecánico se ha formado gracias a décadas de experiencia. Seguramente inició joven, seguramente pasó años como «chalán», seguramente tuvo un mentor, posiblemente su padre. Un buen mecánico entiende el funcionamiento del motor, desde la ignición hasta la salida del humo. Entiende las fallas porque ha visto muchos modelos de un grupo específico de marcas y conoce su evolución. Pero conforme salen más nuevos modelos, el mecánico tiene la difícil tarea de ponerse a la par con los avances de la ingeniería, estar al día cuesta y es un trabajo de autoeducación al que muchos no están acostumbrados.

En México, los mecánicos son seres especiales, los hay muy buenos, muy intuitivos y los hay malos, malísimos, tanto que te dan ganas de denunciarlos y evitar que otros posibles clientes se les acerquen como si fueran pacientes infecciosos, esto porque nuestros autos son más que un vehículo, son una inversión, un símbolo del progreso personal, una herramienta para el trabajo y una herramienta para el desarrollo de la vida, los valoramos un poco menos que a las mascotas (aunque eso depende de cada persona), pero son motivo de enojo si los hijos los ensucian o les hacen algo peor… El automóvil es componente fundamental del estilo de vida moderno. Sin automóviles nuestra sociedad no funcionaría. No llegaríamos a los estadios para los partidos de fútbol, no podríamos llevar a los niños a la escuela por las mañanas. No podríamos visitar a los clientes, entregar productos nuevos, salvar personas de la muerte, en fin, el automóvil es pieza fundamental para nuestra prosperidad, es un medio y a la vez un elemento transformador. Las ciudades pasaron de tener angostas calles a espaciosas avenidas de cuatro o más carriles que funcionan como las arterias y las venas y los automóviles son los glóbulos. El sistema circulatorio de las ciudades y localidades depende de estas máquinas bestiales.

Los automóviles son tema de discusión, son tema de preocupación. Son el centro de largas conversaciones en redes sociales sobre su papel como agente contaminante. Son objeto de ataque para ambientalistas que los ven como una innecesidad de la modernidad embriagada con la idea del avance y el progreso. Son también la fuente de trabajo. En todo el mundo el automóvil permite la subsistencia o extinción de ciudades enteras, como mi ciudad natal: Puebla en México, o como Detroit en Estados Unidos. Los automóviles son parte de una narrativa del progreso nacional moderno, sin automóviles ¿que sería de la industria norteamericana? Desde Ford hasta Musk, el automóvil representa los ideales industriales y tecnológicos sobre los que se fundamenta gran parte de la preciada libertad americana, porque simboliza la libertad para elección, representa realización personal, la individualidad, la abundancia familiar, y un largo etcétera de historias con las que no solo Estados Unidos sino el mundo entero, venden una máquina en la que se suman tantos beneficios y tantas desventajas.

Pero nos guste o no, el automóvil es pieza clave y el mecánico es más pieza clave aún.

No todos tienen la competencia, la calma, la experiencia y las herramientas para abrir el cofre, meter las manos mientras el motor está rugiendo y buscar el origen del problema. Sin mecánicos que den mantenimiento a la enorme masa de vehículos que se mueven diariamente, nuestra sociedad ya estaría parada, viviríamos en un futuro a la Mad Max, expurgando a los autos viejos como aves rapaces, buscando piezas funcionales para nuestras grotescas máquinas que funcionarían a medias. Sin mecánicos estaríamos sujetos a la filosofía de obsolescencia programada y los seguros y los bancos serían muy felices porque cada 4 años habría que cambiar de automóvil y ¿quién dejaría de comprar automóviles?

Pero no, afortunadamente tenemos a esta especie de profesionistas, semitécnicos y semiobreros que se ensucian las manos y pasan horas cambiando piezas, apretando pernos y sacando viscosas substancias llenas de malicia petroquímica para que podamos sostener nuestro manera de vivir.

Y aún así, seguimos ignorando la importancia de los mecánicos como profesionales clave en el funcionamiento de la economía. No solo eso. Muchos mecánicos que logran subsistir por años, hacen crecer lo suficiente sus negocios como para dar trabajo a 3, 4 o más «chalanes» que al igual que un maestro carpintero japonés, aprenden de la observación y obediencia para en un futuro no muy lejano aspirar a tener su propio taller.

Los talleres son espacios muy curiosos. El piso de los talleres siempre me llama la atención. Hay de dos tipos, los que están cuidados, los que se han pintado de blanco o de gris con líneas amarillas o azules que delimitan las áreas de trabajo y los que están desnudos, a veces llenos de tierra, casi siempre sucios por una substancia mezcla de aceite, humo, y partículas de todo tipo. Es más común ver a los talleres que tienen los pisos sucios con piezas variadas regadas por el suelo, olvidadas, como si al caer al suelo se convirtieran en un muebles pequeñísimos para seres que los convierten en sus casas cual cangrejos a conchas de caracol. Casi siempre, los pisos son de concreto. Las paredes, por otro lado, varían. Definitivamente siempre hay un lascivo adorno, una mujer enseñando los pechos con el calendario a sus pies. En muchos talleres, existen fósiles; Automóviles que alguien dejó pero nunca quiso pagar, y los mecánicos por alguna razón los mantienen ahí, consumiendo el espacio que podría ser mejor aprovechado. Los talleres varían siempre en talla y herramientas, pero el olor nunca cambia, los automóviles, como los seres vivientes, huelen distinto cuando son desmembrados, cuando se les abren las entrañas como a naranjas que se les parte con las manos, el aceite, la gasolina, el humo, se convierten en una nebulosa que se impregna en la ropa y en la piel. Y los talleres, que normalmente se quedan con las superficies opacas por la inmundicia automotriz, con cada auto que se arregla, con cada pieza que se cambia, con cada motor que no hace lo suyo, se convierten en quirófanos y salas de urgencia al mismo tiempo eternamente.

En universidad aprendí a ensuciarme las manos, aprendí a hincarme y revisar las vísceras metálicas de aparatos mecánicos, aprendí a apretar con fuerza las tuercas y los pernos, a sentir el metal cuando estaba muy caliente y a cargar las pesadas piezas de hierro necesarias para hacer ajustes y balances. El esfuerzo no es agradable muchas veces, ni la suciedad es envidiable, y entiendo porqué a los que trabajan en la mecánica se les ve con una mirada distinta, para muchos, es inconcebible violar su formal atuendo virginal del día a día. El mecánico, como el obrero de la planta industrial, como el minero, termina siempre sucio, más oscuro que lo que su piel ya es. ¿Pero confiarías en un mecánico que no se ensucia las manos? ¿que no toca al motor ni le escucha con atención? ¿que no se acuesta bajo los 500 kilos del vehículo para observar la transmisión o el tubo de escape? La profesión conlleva esta suciedad, es símbolo del trabajo, de la naturaleza de saber arreglar a un vehículo. No se puede arreglar un coche sentado en un escritorio frente a una computadora. No hay robot que pueda diagnosticar un motor al que le falla un cable de una bujía y emprenda el arreglo, ni mucho menos hay ningún emprendedor creyendo que  puede crear una maquinaria autómata o un sistema web para resolver ese problema. No, la mecánica automotriz requiere esfuerzo, tolerar el calor y los humos y sí, requiere ensuciarse las manos y las ropas para arreglar los problemas.

Mientras esperábamos a que «el maestro Joaquín» apretara las mangueras bajo el radiador, noté que en el fondo del taller, en donde «ponen» la música, se escuchaba a John Coltrane. «Curioso» me dije, «qué cultos» pensé, y qué mejor música para arreglar un coche. La fuerza de la trompeta, el ritmo de la batería, el bajo incansable, la calma y los compases que bailan, que negocian los turnos para ofrecer ímpetu o proveer letargo. El jazz es como un automóvil, al que hay que saber manejar, al que el motor le ruge y a veces anda quedito, al que cuando necesita arreglo se le tiene que mirar con calma y repasar las partituras técnicas para encontrar la falla, al que a veces hay que acelerarle el ritmo para encontrar su malestar, u otras hay que apagarlo de golpe, así como en el Jazz, entre el piano y la tarola hay que saber encontrar el tiempo perfecto para dar con la nota, con el problema a resolver. En ese momento quise creer que sí, un mecánico que escucha jazz tiene más afinidad con los automóviles y sabe encontrarles mejor la melodía y el tempo que necesitan para ser arreglados.

A veces, olvido a los profesionales discretos que nos permiten sostener nuestro life style. Me surgen preguntas serias sobre la el funcionamiento económico de muchos talleres mecánicos, sobre el estado permanente en el que se hallan, en el que nunca parecen quedar limpios sus pisos ni cambia el color de sus paredes, o porqué nunca mejoran para tener equipos más adecuados para desmontar suspensiones. Y me cuestiono cómo es que ellos siendo tan esenciales ganen menos que una persona que se dedica a bailar en TikTok, claro que sé porqué una chica con cara bonita sentada frente a un monitor haciendo streaming de Fortnite gane más que un técnico en reparación de automóviles, pero no dejo de sentir que algo está fundamentalmente chueco en las narrativas que sostienen nuestra economía ¿ o no lo crees, tú? Pero más allá de las condiciones económicas, lo curioso es la cultura del mecánico, su fachada y su lenguaje, y la relación que desarrollamos con ellos, la confianza que les brindamos a veces es cuestión de una moneda al aire, y otras, como la del maestro Joaquín y mi papá, se ha construido con años de consistencia en su trabajo. Tal vez esta suciedad de los talleres o las costumbres de los mecánicos y sus chalanes son una proyección de la psique local o nacional, o tal vez no, pero si hay algo de lo que estoy convencido es que poder arreglar un automóvil y trabajar por años con estas complejas bestias mecánicas no es una elección de negocios o meramente vocacional, al igual que en la música, al igual que con los buenos músicos de Jazz, necesitas talento y agradezco que existan mecánicos talentosos para que personas como yo podamos viajar en nuestros automóviles a donde nos plazca.